La frecuentación de las humanidades facilita el acceso al tesoro amasado por el hombre.
Frecuentando las humanidades se adquieren y desarrollan las herramientas que le permiten al hombre preguntarse por sí mismo, investigar su propio misterio, asomarse temerosamente a las profundidades de su condición. El solo hecho de plantear esos interrogantes nos hacen más sabios, también más humildes; en suma más humanos. De allí el nombre de esa sutil vinculación entre la filosofía que busca desarrollar el pensamiento, la historia que privilegia la memoria, el arte que estimula
Pero en el contexto de una sociedad como la contemporánea que privilegia una vacía competitividad por sobre el desarrollo personal, va quedando de lado esa necesidad de comprendernos mejor y hasta perdemos la curiosidad por intuir nuestro destino. Para volver a dotar de prestigio a áreas enteras del conocimiento humano, tal vez ayude señalar, como se lo hace en el debate en curso, que muchas personas con estudios serios en humanidades ocupan puestos de gran responsabilidad al frente de empresas de diverso tipo. Eso es lógico porque, para desempeñarlos, más que una habilidad técnica determinada se requiere capacidad de análisis y de síntesis, una visión de conjunto y una singular predisposición hacia la comunicación y la innovación.
Sin embargo, la necesidad de las humanidades obedece a una razón, que aunque compatible con esta justificación práctica acerca de su valor competitivo y de su rentabilidad; es mucho más profunda. Se trata del goce de compartir lo imaginado por nuestros antecesores excelsos, de apreciar la belleza que encierran el arte, la gran música y
En esa ingenuidad de recién llegados al mundo con que hoy parecen encarar su vida muchos jóvenes, reside el verdadero peligro de nuestra civilización. Enfrentan el futuro como desheredados, sin herramientas para pensarse. Enarbolando una desafiante ignorancia, no advierten que son hábilmente manipulados por un entorno que no está preocupado porque lleguen alguna vez a imaginarse; a construirse a sí mismos, sino que concibe su educación como el prólogo de una vida opaca regida por un materialismo desalmado.
Nada menos que estas cuestiones ocupan hoy la atención de la dirigencia del mundo desarrollado. Haríamos bien en volver nuestra mirada hacia los problemas, más radicalmente humanos y más fecundos que los que hoy nos distraen. Puesto que está en juego su destino, no tenemos derecho a ocultar a las nuevas generaciones la llave del tesoro, de ese monumento impar que a lo largo de su historia viene construyendo el hombre. Allí reside la clave para su tarea de entenderse, comprendiendo sus orígenes y su situación actual. Sobre todo, para poder elegir en libertad hacia donde ir.
Guillermo Jaim Echeverri LA NACIÓN, Agosto de 1997